Tres escalas más

21 de julio. San Vicente-Llanes.

Dos días atrapados en puerto. Dos días lloviendo, ahora si, ahora no. Chapa y pintura lo llama Jose. Limpiamos el barco, aprovechamos para secar las cosas que todavía estaban húmedas desde el día de la vía de agua y para ventilar todo lo que poco a poco se va impregnando de salitre. Llega un momento, cuando llevas muchos días en la mar, en el que todo está pegajoso. Pegajoso y húmedo. Y tu también. Llega un punto en el que ya, ni te secas tu, ni se seca nada. Hay que endulzarse, por fuera y por dentro. Toca ducha. Ducha solar. Ésta


consiste en: una garrafa de quince litros pintada de negro y puesta al sol. Un gran invento. Y, escandalizando a unos suecos, nos duchamos en mitad del puerto pesquero de San Vicente.

Al día siguiente tampoco pudimos salir. Tocaba gallegada ¡Gallegada loca!

Para el siguiente amanecer ya no aguantábamos más. Soltamos amarras y pusimos rumbo a Llanes. Por supuesto nada de viento a favor, ciñiendo, como de costumbre.

Por el camino surcamos una corriente portadora de miles y miles de cangrejillos. Me vi obligada a fabricar un redeño de fortuna con una bolsa del carrefour agujereada, una cuerda y el bichero. No pillamos ni uno, pero...ahora tenemos ancla de capa. Con una bolsa reutilizable soy capaz de pararlo en seco.

Cuando estábamos preparando el viaje quise comprar un redeño, pero Jose se rio de mis conocimientos sobre la pesca y no lo compré. El resto del camino iríamos lamentándonos por no llevar un redeño a bordo. Lo compraríamos en cuanto llegásemos a puerto.

Cuando llegamos a Llanes nos encontramos con que han dragado el puerto y colocado pantalanes, incluido uno de espera, totalmente free. El único inconveniente es que la puerta está cerrada y tienes que llevarte un cabo para lanzarlo y acertar en la célula que está a mitad de rampa para que se abra. Es eso, o saltar. Cuando nos enteramos del truco era demasiado tarde, ya estábamos al otro lado. Saltamos.

En el pantalán ya había dos barcos, así que tuvimos que abarloarnos a uno de ellos. Por suerte eran españoles, lo normal es encontrar franceses. Creo que todos los franceses tienen barco y no trabajan en verano. El éxodo veraniego de los gabachos. Son como las golondrinas.

Los españoles, en cuestión, eran dos sesentones muy majetes en un quilla corrida. Un barco especialmente curioso. Tenía una cabina central y un sillón de dentista delante de la rueda del timón. Génova, mayor y mesana. El casco estaba impoluto. Contrariamente, la obra muerta era un desastre. Candeleros rotos, todo a falta de unas capas de barniz, el cable de la antena de la radio colgando, las baterías se les descargaban, las maniobras al turuntuntún...Por la mañana, incrédulos de que llevásemos a bordo una cocina, bueno, ni una cocina, ni nada, nos ofrecieron café e intercambiamos trucos para ir de puerto en puerto sin pagar, robando electricidad, agua y duchas calientes. Íbamos a rumbos opuestos así que el intercambio de información fue útil para todos. A los franceses del otro barco no les contamos nada.

Cuando largamos amarras nos acercamos a la gasolinera. "Esos con nordeste no maniobran aquí ni queriendo" dijo el de la gasolinera. Y efectivamente, ni queriendo. Ahí venían nuestros amigos ¡A la carga!
Se les había estropeado, también, la hélice de proa y ese tanque, en tan pequeño puerto, parecía que iba a salir llevándose por delante diez motoras, un pantalán, a nosotros y al de la gasolinera. Al final me lanzaron un cabo y haciéndole firme en la bita, junto al surtidor, y dejándose llevar por la corriente pudieron poner proa a la mar, no sin antes estar a punto de chocar con el muro y de despedirnos debidamente.

22 de julio. Llanes-Lastres.

Por fin vientos portantes. Resoplaba un nordeste estupendo, más tarde supimos que era un rico NE fuerza 5 que nos empujaba a cinco nudos, con media génova, sobre los borreguitos.

Ese día, que ya teníamos redeño, no vimos ni un solo cangrejo, pero como la navegación era agradable...

La entrada en Lastres fue épica, sin duda. Un pesquero, que se acercaba a nosotros por popa, redujo máquina para facilitarnos la maniobra. Entiendo que ver al pequeño Amazona entrar con 


fuerza cinco y borreguitos de metro y medio, tiene que ablandar el corazón hasta al más rudo patrón costero polivalente.

Por la tarde salimos al pueblo. Compramos comida y recalamos en el Bar Azor. Salimos del bar casi al día siguiente. No paraban de llegar otros navegantes que habían pasado por allí con anterioridad y con curiosas historias. Y eso mezclado con el rollo que tienen los propios dueños...dio lugar a una buena resaca. Nos vamos con teléfonos a los que llamaremos y direcciones que visitaremos.


Aprovecho para saludarlos y para prometer que a la vuelta de Galicia volveremos a recalar en ese puerto y en su bar. Tenemos una deuda pendiente. Hoy salimos huyendo del calor. La vida nos ha dado que nos dejaron ducharnos en la cofradía de pescadores. Tienen unas duchas estupendas con un montón de agua caliente que sale casi a presión. ¡Una ducha de verdad!

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