La Columna del Sr.Perkins


El tiempo no existe.

Que necesitamos un parámetro que nos ayude a ordenar las cosas es una realidad; sin embargo, no hay unidad de medida más abstracta y ninguna que nos dé más quebraderos de cabeza. No hay nada que sea a la vez tan estricto como cambiante, ni tan preciso y riguroso como absurdo e incierto. Pero ahí está, condicionando nuestras vidas y jugando en nuestra contra.
Debemos dar gracias a la extraña percepción que de su paso tenemos, porque si siempre fuera verano, si todo fuera divertido, si  en todo momento y lugar fuéramos felices ¿Cuánto viviríamos? Gracias, pues, a los días grises y aburridos, a las personas poco interesantes, a las largas lecciones de fonética y fonología, a los días sin viento, a los capítulos mil 


veces repetidos de programas de televisión, a los interminables trayectos en autobús y a todas las cosas tediosas de lo cotidiano, porque sin todo esto, la vida sería un suspiro ¡El tiempo corre!
Además, sin la capacidad de medir el tiempo no seríamos capazaces de situarnos espacialmente. Lo necesitamos tanto como lo odiamos y fruto de esa necesidad Felipe III de España y los gobernantes holandeses correspondientes  ofrecieron increíbles recompensas a quien lograra solucionar el problema del cálculo de la longitud. Esta especie de concurso se planteó durante el reinado de  Ana Estuardo, quien en 1714 ofreció una recompensa de 10.000 libras a la persona que consiguiera un sistema para determinar la longitud con un error de 60 millas geográficas, 15.000 libras con un error de 40 y 20.000 con un error de 30 millas geográficas. ¿Por qué? ¿Cual era su problema? ¡Medir el tiempo de manera exacta! Necesitaban un artilugio, sin péndulo, capaz de medir el tiempo correctamente dentro de un barco y, que así, sus hombres fueran capaces que conocer su ubicación precisa. Crearon el Consejo de la Longitud, era un importante asunto de estado acertar, teniendo en cuenta la inmensidad del globo, en una isla. No era nada sencillo y menos lo era evitar a los franceses. Hasta ahora, era posible descubrir la misma isla del Pacífico varias veces, como sucedió con el atolón de San Francisco, Enen-Kio o Wake, que viene siendo el mismo...pero ellos no lo sabían. Gran Bretaña se convirtió en el Silicon Valley del siglo XVIII, pero, con más errores que aciertos. Podéis imaginar la cantidad de inventos inservibles que se presentaron, provenientes de todas las partes del mundo conocido y correctamente situado, atraídos por semejante recompensa. Sin embargo, sólo uno, de entre todos ellos, resultó de utilidad. Fue Jonh Harrison quien tuvo el honor y la tremenda habilidad de lograrlo. Como buen carpintero que era, las ruedas del cronómetro fueron hechas en madera. Resulta, cuanto menos, curioso, que el reloj más preciso y versátil de la historia tuviera el corazón de madera. El arcaico material, tan viejo como el mundo, fue la pieza elemental de tan magna empresa. Pero así somos, variables como el tiempo, arcaicos, básicos y modernos.


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