La Columna del Sr.Perkins



Oda al navegante.

 "(...)Le había sucedido lo mismo que a todos aquellos que habían aprendido navegación antes que él(...)El acto de fijar su posición en la superficie de las aguas se convirtió en un rito, y se sentía un ser superior respecto a los que desconocíamos su ritual y dependíamos de él para que nos condujese por la infinita inmensidad de las aguas que unen a los continentes y en las que no hay puntos de referencia. Con el sextante en la mano hacía reverencias al dios Sol, consultaba antiguos manuscritos y tablas con símbolos mágicos(...)Era como un dios, y nos llevaba de la mano hacia la Tierra Prometida a través de los espacios en blanco de la carta náutica(...)" Jack London, El Crucero del Snack.


Y eso es lo que sucedía en nuestro salón. Pasábamos las tardes estudiando, arropados por el humo de los cigarros nerviosos, de los cigarros que saben lo difícil que es una batalla, de los que se angustian, de los que quieren saber más. Tomábamos café y procurábamos no hablar para no escapar de nuestros propios pensamientos. Sólo una o dos veces por tarde nos atrevíamos a dirigirnos la palabra. Eran momentos extraños debido a la dificultad que supone mantener una conversación entre uno de ciencias y uno de letras, entre un filólogo y un capitán, ¡entre el sol y la luna! Yo estaba rodeada de mi tonelada de libros habitual, de mis apuntes y mis lecturas. Él pasaba las tardes anotando números en un papel, consultando un libro que parecía contener toda la sabiduría del universo y mascullando fórmulas indescifrables. ¡Aquello si que era un reto! y no la filología que me había empeñado en estudiar. 

Poco a poco me fui interesando más por sus apuntes que por los míos. De vez en cuando le asaltaba con un... -¡Tengo una duda!- su cara de sorpresa, entonces, no tenía precio -No sé como pretendes que te ayude con eso-  Cuando, finalmente, le aclaraba que no era una duda sobre las teorías de Locke, sino, que era sobre sus apuntes, los de él, la cara de sorpresa se convertía en otra, en una que decía aún más, en una que te hacía pensar que era cierto, que estabas loca y eras una entrometida, pero, al final, accedía a desvelarme alguno de esos enigmas y yo podía volver a pegarme con la lingüística moderna, ya con la tranquilidad que da haber desentrañado un misterio.

Así memoricé el alfabeto morse, conocí las constelaciones más importantes para los navegantes del hemisferio norte y el nombre de las estrellas que las conforman, descubrí para que servía el sextante que había convivido conmigo desde el día que nací y otras cosas interesantísimas sobre el cielo y la mar.

El se hizo capitán y yo, cada vez, menos filóloga. 

Cuando íbamos de excursión me cedía, amablemente, la carta náutica y la alidada. Dividía mi vida a bordo entre el placer, lo que yo consideraba un "buen trabajo" y rogarle por que me dejase llevar el timón. 

El "buen trabajo" consistía en situarnos en la carta, de manera precisa, tomando demoras. No era difícil saber donde estábamos, entre el monte Buciero y Santander es difícil perderse, no habrá más de 15 millas, pero, para mí, resultaba algo mágico poder situarnos dentro del globo y luego soltar esa retahíla de números en grados, minutos... ¿Quién necesita un GPS? Yo, para regocijarme de mi habilidad, de la nueva habilidad adquirida, para poder decir: "mira, he encendido el GPS y mis cálculos son exactos, ¡deberías estar orgulloso!"

Sigo admirándole por ser capaz de "bajar" las estrellas, de creer que la tierra es plana y, sobretodo, por ser capaz de almacenar tanto saber matemático y astronómico. La gente de letras, la que se mueve entre teorías sin probar; la que teje, sin límite, con letras las hojas en blanco; la que es capaz de sintetizar un libro de quinientas páginas en unos apuntes que no van más allá de las cincuenta; la que puede disertar, durante horas, sobre las vicisitudes del lenguaje humano; esa gente, entre la que me incluyo, miramos boquiabiertos y con cierto recelo a aquellos cuyo saber sobrepasa los límites de lo inteligible, de aquello que es puro conocimiento sin intervención de los sentidos y que no se puede contar con los dedos.


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Comentarios: 6
  • #1

    Loren (lunes, 09 febrero 2015 09:21)

    Es eso amor?.....

  • #2

    Esther San José Ricondo (lunes, 09 febrero 2015 10:26)

    El sr.Perkins es rudo, pero tiene corazón. jeje

  • #3

    madre (domingo, 15 febrero 2015 18:07)

    Amor desde luego, pero también es poesía.
    Nada fácil contarlo con esa facilidad con que lo haces, con lo difícil que es, pequeña.

  • #4

    Fernando-Andua (jueves, 01 octubre 2015 21:26)

    Os descubrí no hace muchas semanas, he leído con sumo interés vuestras entradas y cada vez que acababa una de ellas me preguntaba lo mismo...,¿ cómo es que ya no escriben ? ¿ Acaso ya no le gustan las estrellas, el ulular del viento al rozar los obenques cuando arrecia, el color azul ?, no creo.
    un saludo.

  • #5

    Esther San José (viernes, 02 octubre 2015 15:48)

    Hola, Fernando.
    Ha sido un verano muy duro ¡Todo un verano en tierra!
    Y, además, currando a lo loco. Siento no haber estado muy laboriosa con la web.
    Me disculpo. Y me pongo manos a la obra ¡Prometido!
    Gracias.
    Un saludo.

  • #6

    Fernando-Andua (miércoles, 14 octubre 2015 15:03)

    Que bien !!, me alegro mucho.
    Estaré atento.
    Saludos.

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