La Columna del Sr.Perkins


Sefiní


¿Cómo empezó todo? ¡Por casualidad! Porque alguien había perdido las fotos de un barco que ya no tenía y, abrumado por ello, escribía en un grupo de facebook buscando consuelo. El resto, se lo debemos, seguramente, a los dioses vikingos y a la fascinación que sentimos por los trastos viejos… Porque quien lloraba, lo hacía por el Amazona ¡Por nuestra pequeña cáscara de nuez!

Jose y yo, que somos muy de imaginar, de elucubrar, de fantasear… habíamos hecho mil apuestas e inventado mil historias sobre los dueños originales del Amazona. Un barco tan aguerrido, tan épico, tan valiente y tan marinero no podía haber pertenecido a cualquiera…

Además, había pistas. No hay otro Hunter igual. No hay uno con un palo como ese, ni con un mamparo igual, ni con la cocina en el mismo lugar…alguien había invertido tiempo en él y, siendo así, lo habría hecho para navegarlo.


Sin embargo, todos nuestros esbozos se quedaron cortos y cuando nos dimos cuenta de la magnitud del asunto ya estábamos en la botadura del “Sefiní”. Estábamos flotando en la Ría de Vigo en un día grande. En los días grandes llueve, se beben cervezas y se va de furancho. En un día grande se talan árboles, se conduce a lo loco y se duerme poco. Los días son grandes cuando te rodeas de gente grande, lo que no tiene por qué ser proporcional al tamaño de la barriga.

El Sefiní es una magna obra. Es un trimarán de carbono cocido a fuego lento en el sótano de una casa. Es la última aventura de Julio García Abalo, Mr.Undarousa.

La primera media hora que pasamos en Vigo transcurrió entre una lucha constante con el GPS y, literalmente, escalando montañas con el mercedes.

Bajo la intensa llovizna primaveral vimos por primera vez al Sefiní, la excusa de este viaje, porque todo viaje tiene un fin y una excusa.

Estaba subido a un remolque en la falda de una montaña, rodeado de hombres con traje de aguas y paraguas con agujeros. Se gritaban los unos a los otros, en directo y por teléfono. Todo giraba en torno a la difícil tarea que se presuponía iba a ser el descenso de semejante cacharro hasta el puerto. Tenía que ser en ese momento. Julio, que estaba empeñado en ello y, pese a que había fallado el coche que habían apalabrado para esta tarea, no pensaba cejar en su empeño. Entre gritos consiguieron otro vehículo con bola y buen embrague.

Yo seguía sin tener muy claro cómo iban a sacar ese trasto del prao, pero todo apuntaba a que iban a intentarlo. Y en efecto, llegó un todoterreno y lo engancharon y arrancaron, no sin antes desarraigar los cables de las luces del remolque por un error de cálculo, lo que generó una nueva batalla verbal. Mientras se auguraba un trágico desenlace si nos pillaban los guardias sin luces (yo creo que eso era lo de menos, la verdad, pero…) Jose intentaba poner paz y repararlo. Su intento fue en vano, decidieron que ya no importaba. ¡En marcha!

Hasta la primera curva, en la que la intensa vegetación dificultaba el paso del convoy y…a falta de leña, motosierra. Ahora tenían vía libre. Todo estaba listo. Era el momento. Y sí, consiguieron arrimarlo al puerto.

La fiesta de la botadura sería al día siguiente, ahora tocaba celebrar este grato encuentro. Y con seiscientos y pico kilómetros a la espalda…nos fuimos a tomar algo. “Algo” creo que se queda corto para este evento…más bien todo. A las siete de la mañana decidieron que nos podíamos ir a dormir. Menos mal, porque había que madrugar al día siguiente…o ese mismo día, o lo que fuera.  

La emoción generalizada y los ánimos exaltados hicieron que no achacásemos la falta de sueño y fuésemos capaces de tomar cervezas y de navegar.

 

El momento más esperado había llegado. La larga lucha de Julio parecía haber tocado a su fin. Una gran recompensa. Un brillante trimarán iba a tocar la mar por primera vez.

Los “niños” íbamos de barco escoba, por si las moscas. Teníamos un palco de lujo para disfrutar de la ceremonia. Y ahí estaba, flotando en la ría, ataviado con unas espectaculares velas. Una mayor de sables forzados para el deleite de los presentes y un foque de “competi”.

Y navegó con una ligera brisa. Y con ella el Sefiní se desplazaba como un torpedo a la caza de un submarino nuclear. El barco escoba, con el motor a puño, no lograba alcanzarlo. Salvaje el barco y el facedor, el padre todopoderoso. Omnipotente.

 



 

Empapados, en dulce y en salado, no quedaba más que arribar a puerto y darnos palmadas en los hombros los unos a los otros en un bucle casi eterno para demostrar lo maravillados que estábamos, para felicitar al artista. Una palmada en el hombro dice mucho más que miles de palabras encadenadas.

 

¿Y ahora que toca? ¡Celebrarlo! ¿Cómo? ¡Cómo vikingos! ¡Cómo gallegos! ¡Cómo verdaderos marinos! ¡Cómo la gente ruda y envalentonada que somos! ¡Comiendo y bebiendo como si el mundo amenazara con desaparecer! Y así fue que terminamos en un furancho. Bebiendo vino en tazones blancos, comiendo empanadillas gigantes y rematando con un tremendo licor café que caía al vaso lentamente, casi con desgana, dejándose ver, amenazante. ¡Cómo se merecía!

                                                                                                                                             A Julio y a toda su crew.

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